La ley fue abolida bajo el Nuevo Pacto. Efesios 2:15 dice «abolió en su carne la Ley de los mandamientos expresados en ordenanzas…«. La afirmación paulina es directa: Cristo abolió la Ley mosaica. La palabra “abolió” (καταργέω, katargueō) significa dejar sin efecto, suprimir, hacer inoperante.
Pablo enseña que la obra redentora de Jesús desactivó por completo la Ley como pacto regulador del pueblo de Dios, dando paso a una nueva realidad espiritual basada no en tablas de piedra sino en la vida del Espíritu.
Esto se confirma cuando el autor de Hebreos declara que “al decir Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero” (Hebreos 8:13), y lo llama obsoleto y próximo a desaparecer. Exegéticamente, el término “viejo” (παλαιούμενον) no significa que una parte se mantenga, sino todo el pacto mosaico como sistema.
En el pensamiento paulino, la Ley cumplió un propósito limitado y temporal:
- Funcionó como ayo (pedagogo) para conducir a Israel hasta Cristo (Gálatas 3:24).
- Una vez llegada la fe, la Ley terminó su función.
- La frase ya no estamos bajo ayo (Gálatas 3:25) afirma que el creyente está fuera de la jurisdicción de la Ley mosaica.
El cierre de ese sistema se evidencia también en Romanos 7:4, donde Pablo asegura que hemos “muerto a la Ley mediante el cuerpo de Cristo”. Morir respecto a ella significa quedar fuera de su autoridad.
Otro argumento clave proviene del Concilio de Jerusalén (Hechos 15). Los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, concluyeron que los creyentes gentiles no debían guardar la Ley de Moisés, subrayando que la Ley fue un yugo que ni Israel pudo llevar. Ese veredicto apostólico eliminó cualquier obligación legal, ceremonial o ritual como requisito para la Iglesia. Si la Ley está abolida, también lo están su sábado, sus fiestas, sus alimentos y sus ordenanzas.
Por eso, Pablo insiste en Colosenses 2:14 que Cristo “quitó de en medio” el acta de decretos, expresión jurídica que describe el pacto entero. La abolición es total, no parcial. La Iglesia vive ahora bajo una nueva administración espiritual: el Nuevo Pacto en la sangre de Cristo, animado y sostenido por el Espíritu, y no por códigos legales. Es esta realidad la que inaugura el régimen del Espíritu, al cual pertenece toda la vida cristiana.
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