La Promesa del Espíritu | Hechos 1:4-5

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días ” (Hechos 1:4-5)

El contexto inmediato nos informa rápidamente sobre algunos detalles de aquel encuentro que tuvieron los apóstoles con el Cristo resucitado. Fueron muchas ocasiones en que él se les aparecía durante un espacio de cuarenta días. Al parecer estas apariciones tenían doble propósito: (1) Darles evidencia convincente de su resurrección, y (2) Enseñarles lo necesario acerca del reino de Dios. Luego, al final de todo, podemos encontrar un propósito más: Jesús quería recordarles la promesa del Espíritu Santo y darles indicaciones claras para que puedan recibirla. (v.5)

Lo primero en que debemos meditar es que “en esta promesa”, y podríamos decir también que “en este obrar”, están involucradas las tres personas de la divinidad: (1) El Padre: “que esperasen la promesa del Padre”, (2) El Hijo: “La cual, les dijo, oísteis de mí”; (3) El Espíritu Santo: “Seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días”.  El Espíritu Jamás obra independientemente ni ajeno a lo establecido por la divinidad, esto debemos tomarlo muy en cuenta en nuestras aplicaciones actuales.

JERUSALÉN. Lo segundo para meditar recae sobre un marco territorial: «Jerusalén«. El nombre de esta ciudad aparece 5 veces en este capítulo. Era el punto central del obrar espiritual de Dios. Los apóstoles no iban a recibir el Espíritu en otro lugar, la orden era quedarse juntos en Jerusalén. Habían esperado 40 días hasta que Jesús ascendió a los cielos, luego habrían de esperar por lo menos otros 10 días más. Ya que la venida del Espíritu coincidió con la celebración de la fiesta de pentecostés, la cual se celebraba 50 días después de la pascua. 

Jesús les había dicho que su ministerio comenzaría en Jerusalén para luego extenderse a todo el mundo (1:8). La iglesia de Jerusalén se volvió la iglesia madre para todos, hasta el apóstol Pablo cuando llevaba su mensaje a linderos gentiles, igual siempre volvía a Jerusalén a rendir cuentas y mantener la sumisión debida.

¿Qué nos deja todo esto como lección? Pues que aunque el Espíritu obra en poder no quiere decir que lo hace en desorden. El Espíritu obra en perfecta armonía con el plan de Dios. El Espíritu se manifiesta en orden y respeta los lineamientos. Por lo tanto, los hombres de Dios, aunque serían dotados con el Espíritu Santo y su poder inconmensurable, no significaba que iban a andar solitarios por el mundo y hacer las cosas como les plazca. Siempre hay un orden que respetar, un principio de autoridad que no debemos pasar por alto si queremos llevar un ministerio eficaz.

INVESTIDURA DE PODER. Otra enseñanza muy importante aquí, se encuentra en el hecho de que los apóstoles tenían que esperar ser investidos con el Espíritu Santo y dotados de su poder especial antes de hacer cualquier actividad en pro del evangelio. Es decir, no deberían moverse ni predicar, o intentar hacer ninguna señal sin antes recibir al Espíritu.

Sin embargo, tenemos que recordar que la obra del Espíritu estaba relacionada primordialmente con el mensaje apostólico del evangelio que ellos habrían de llevar por todas partes. El fin no era hacer milagros por doquier ni sanar a todos los enfermos del mundo. Estas señales servían más bien para confirmar el mensaje apostólico y el establecimiento de una nueva dispensación (Heb.2:3).

APÓSTOLES. Por último, tenemos que recordar que si bien los creyentes también recibimos al Espíritu, su poder, su dirección y sus bendiciones; la manera de obrar con nosotros es distinta a la de ellos. No debemos tratar de igualarnos a los apóstoles, sus llamados fueron únicos como testigos oculares del ministerio y resurrección de Cristo. Además, el propósito de establecer el fundamento de la doctrina cristiana ya fue cumplido (Ef. 2:20, 1Co.3:11). Por lo tanto, lo que vamos a ver en el libro de los Hechos tiene que entenderse como un proceso de transición, no como eventos que se tengan que repetir en cada época de la historia. 

Mientras Lucas narraba los sucesos de cómo se establecía la iglesia en el mundo, al mismo tiempo se estaban componiendo las epístolas doctrinales, las cuales serían las normas de fe y práctica para la iglesia hasta hoy. Incluso hay epístolas que se escribieron mucho después de los eventos registrados en Hechos, pues estos sólo llegan hasta el primer encarcelamiento de Pablo en Roma. Por esto, después de la que la pluma de Lucas nos informó que Pablo quedó encarcelado enseñando por dos años a todos los que venían a él, sabemos que Pablo escribió mucha más doctrina en donde no ordena a la iglesia que deban repetir los eventos de Hechos. Más bien, el énfasis del apóstol fue que edificaramos sobre lo que ya ha sido establecido por los apóstoles.

El escritor de Hebreos impulsó a los mismos judíos creyentes a que dejaran ya los rudimentos de la doctrina de Cristo y marcharan adelante, a la perfección. Nunca fue el plan de Dios que nos quedáramos en la edad infantil de la iglesia, sino que maduremos hasta la adultez y la plenitud.

En resumen, el Espíritu obró con «señales apostólicas» para con los «apóstoles», a fin de establecer un fundamento sólido de la doctrina cristiana.

Hoy, el Espíritu obra mediante su fruto manifestado en los creyentes, para edificar la iglesia sobre el fundamento de Cristo ya establecido plenamente. Así que, depende de cada uno estar preparado en lo que Dios le ha otorgado.

Por todo esto, podemos nosotros apropiarnos de la promesa del Espíritu Santo siempre y cuando marquemos una diferencia entre nosotros y los apóstoles fundadores, y la apliquemos en conformidad a las epístolas doctrinales que nos fueran dadas.

Puntuación: 5 de 5.

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