EL MODELO DE UNA VIDA SUFRIENTE | Hechos 1:3

a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables ” (Hechos 1:3)

Lucas nos habla ahora sobre los padecimientos de Cristo y la gloria de su certísima resurrección. Nos gozamos en la bendita doctrina de la resurrección de Cristo, y en saber que con ese mismo poder Dios nos sostiene día con día, y que nos resucitará con un cuerpo glorificado, para participar de la herencia eterna. Pablo expresó esta bendita esperanza así: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales” (Ro.8:11).

Sin embargo, muchos no experimentan el mismo entusiasmo cuando se enteran que Cristo, además de este privilegio, también nos comparte sus padecimientos y vituperios. 

Sabemos muy bien que antes de presentarse como el Mesías victorioso y glorificado, Jesús se presentó al mundo como el cordero sufriente de Dios. Así que, él nos imparte ambas cosas: su victoria y sus padecimientos. Ambas cosas deben ser recibidas y valoradas por igual.

Nuevamente Pablo nos comparte esta verdad al hablar del privilegio que tenemos de ser participantes del poder de la resurrección de Cristo: “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,” (Filipenses 3:10). Como verán, son dos elementos indisolubles: sufrimiento y victoria. 

Previamente, al iniciar su carta, Pablo les había dicho a los filipenses que se les había concedido, como un privilegio, sufrir por Cristo (Fil.1:29). Y en el capítulo dos les presentó a Cristo mismo como el ejemplo máximo de este sufrimiento:

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual..  se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Fil.2:5-8). Y sólo entonces podemos ver que “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Fil.2:9).

Todos quieren la exaltación de Cristo, pero no todos están dispuestos a aceptar la humillación de Cristo.

Ya han olvidado aquello que Jesús comunicó a sus discípulos, que si a él persiguieron y mataron entonces a ellos también lo harían, pues «no es el siervo mayor que su Señor» (Juan 15:20). Cristo es el pionero de una vida sufriente, mientras caminemos en este mundo somos llamados a padecer también como él (2Ti.3:12; 1Pe.2:21).

EL MODELO DE UNA VIDA SUFRIENTE:

1. Por lo que Cristo padeció puede también entendernos y socorrernos (Heb.2:18; 4:14-16).

Cuando decimos que Jesús nos entiende en el sufrimiento no significa que antes no tenía la capacidad de hacerlo. Pero sí que ahora existe una nueva manera de hacerlo, desde la experiencia. Jesús se identifica con el dolor humano, y se hace parte de éste. Igual nosotros podemos sentir mejor empatía con aquellos que sufren en base a nuestra experiencia personal (2Co.1:3-5)

2. Por lo que padeció pudo librarnos del poder y de la condenación del pecado. (Heb.13:12; 1Pe.3:18).

La muerte de Cristo era necesaria y la única aceptable ante Dios. Sin su sangre simplemente jamás hubiéramos obtenido la expiación de nuestros pecados. Esto nos enseña a combatir el pecado con valor, para vencerlo hay que estar dispuestos a sufrir. ¿Cómo lo hacemos? (1) considerarnos muertos al pecado (Ro.6:11); no proveer para los deseos de la carne (Ro.13:14); resistir el pecado con los ojos puestos en Jesús (Heb.12:4); armando nuestros pensamientos contra el pecado (1Pe.4:1); desechando toda malicia sin dejar de desear la leche espiritual (1Ped.2:1-2), y no amar al mundo (1Jn.2:15-16).

3. Por lo que padeció pudo dejarnos ejemplo del sufrimiento genuino por otros. (1Pe.2:21; Heb.5:8)

La muerte de Cristo fue una muerte vicaria, es decir que él murió “por” y “en lugar” del pecador. El sufrimiento es producto del pecado, Jesús no tenía porqué sufrir en forma alguna. Pero Cristo sufrió por amor a otros. Esto nos enseña a sufrir igualmente para que otros lleguen a conocer al Salvador. Pablo dijo: “en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa.” (2Ti.2:9). Y también nos enseña a amar sin medida a nuestros hermanos: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” (1Jn.3:16)

Puntuación: 5 de 5.

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